Damas calientes se dejan follar sin parar
Las putas más cachondas del barrio llegaron sin avisar esta noche y no piensan irse hasta que les den lo que quieren. La primera en entrar fue la rubia de tetas gigantes que se bajó los leggings sin pudor alguno, mostrando un coño empapado que brillaba bajo la luz de la luna. Le bastó un solo tirón de mi polla para que se lamiera los labios y se arrodillara en el suelo, chupando con desesperación hasta dejarme la verga bien dura y reluciente de babas. Mientras tanto, la morena de culo prieto ya se había trepado a la mesa del comedor, separando las piernas para que le metiera los dedos entre los pliegues mojados, sintiendo cómo su carne temblaba al rozarle el clítoris hinchado. La rubia no tardó en unirse, frotando sus tetas contra mi pecho mientras yo le agarraba el pelo y le metía la polla hasta la garganta, haciendo que gorgotea con cada embestida profunda. La morena, con las piernas temblorosas, se giró de espaldas y me rogó que la empotrase con fuerza, ofreciendo su culo prieto y redondo para que se lo llenara sin piedad. Las dos putas gemían como locas, una chupando mi polla mientras la otra se la metía hasta el fondo, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mi verga al correrse sin control. El sonido de los cuerpos chocando, los gritos ahogados y el olor a sexo inundaron la habitación mientras yo cambiaba de posición, agarrando a la rubia del pelo y metiéndosela hasta el fondo, sintiendo cómo su garganta se abría para recibirme. La morena, ya exhausta pero con los ojos brillantes, se arrodilló frente a mí y se la chupó con tanta fuerza que casi me hace perder el control al instante. Las dos se turnaban para mamársela, lamiendo mis bolas y metiéndosela hasta la garganta, mientras yo les agarraba los culos y les clavaba los dedos en la carne, dejando marcas que sabrían que esta noche no fue un sueño. Cuando por fin me corrí, fue con un rugido que resonó en toda la casa, llenando sus bocas y sus coños con chorros calientes que no dejaron ni gota, mientras ellas se lamían los labios con avidez, pidiendo más. No satisfechas, las dos se abrazaron y se besaron entre ellas, frotando sus cuerpos desnudos mientras yo me recostaba en el sofá, exhausto pero con la polla aún dura, lista para otra ronda.