Chupa mis deditos rosados uno por uno como venganza
El cuarto huele a lujuria y resentimiento, la luz tenue acentúa las sombras de sus pies descalzos sobre la cama desordenada, las sábanas aún conservan el aroma de otro hombre, pero ahora ella toma el control. Se inclina, los cabellos rozan sus muslos mientras agarra el tobillo con firmeza, los dedos fríos al principio pero pronto calentados por su saliva, cada chupada es un castigo, cada gemido ahogado una promesa. Él intenta resistirse, pero las esposas en sus muñecas lo mantienen inmóvil, los gemidos se le ahogan cuando ella lame entre los dedos, los dientes raspando suavemente la piel sensible. La lengua recorre los arcos con lentitud, los ojos brillan con maldad mientras lo ve retorcerse, las caderas se levantan sin control cuando ella succiona el dedo gordo, el sonido obsceno del vacío resonando en la habitación. Las uñas largas le arañan la planta, las marcas enrojecidas donde antes hubo caricias, ahora son heridas de guerra, cada lamida es un recordatorio de lo que perdió, cada jadeo una victoria. Las piernas tiemblan, los músculos se tensan cuando ella se acerca al empeine, los besos húmedos y las mordidas breves lo enloquecen, las gotas de sudor caen sobre la alfombra mientras ella no tiene piedad. La mano libre de él se aferra a las sábanas, los nudillos blancos por el esfuerzo, pero ella no se detiene, la cadera roza su erección por accidente, un gemido más profundo escapa cuando siente el calor. La lengua recorre el talón, los labios se cierran alrededor del tobillo, la succión es tan fuerte que él siente el pulso en cada latido, los muslos le tiemblan, la vista se nubla, las palabras se ahogan en su garganta