Abuelito James se corre en su propio semen caliente
Aquel seis de septiembre el abuelito James no pudo aguantarse ni un minuto más cuando vio su verga gruesa y peluda con el prepucio bien tirado hacia atrás dejando el glande morado y brillante de tanto masturbarse. La polla se le había puesto durísima desde que se despertó con los huevos llenos hasta el borde, tan cargados que el líquido preseminal ya le chorreaba por el tronco como un caramelo derretido. Con una mano sudorosa agarró sus bolas peludas y las apretó fuerte mientras con la otra se masajeaba la cabeza del nabo con movimientos lentos y circulares, sintiendo cómo la piel se le resbalaba sobre el tronco grueso sinuosamente. Los gemidos roncos le salían de la garganta mezclados con susurros sucios, llamándose puta a sí mismo entre jadeos mientras se imaginaba a alguna vecinita inocente arrodillada frente a él chupándole hasta dejarle la garganta limpia. Pero no hizo falta imaginación, porque al correrse la leche espesa le brotó a borbotones por encima de los nudillos, salpicando su barriga velluda y resbalando por los pelitos grises hasta formar charcos blancos en el regazo de su pantalón de franela. La corrida fue tan intensa que le dejó la verga temblorosa y el prepucio colgando como un trapo mojado, con gotas de semen resbalando por el tronco hasta caer sobre sus propias bolas arrugadas, que ya empezaban a relajarse después del esfuerzo. Se quedó ahí, jadeando como un perro viejo, con la polla todavía medio erguida y el pecho subiendo y bajando mientras se limpiaba los restos de leche con el dorso de la mano y se reía como un loco, orgulloso de haberle dado duro a su propio cuerpo hasta dejarlo exhausto y satisfecho.