Zamira con un culazo se deja empotrar por el flaquito
Zamira llevaba el vestido ajustado como una segunda piel y cada vez que se agachaba para recoger algo de la nevera, el flaquito de turno no podía evitar quedarse con la boca abierta viendo cómo su culo enorme se le escapaba de las bragas de encaje. Él, con solo diecinueve años y una verga que ya le llegaba al ombligo, no pudo resistirse más y se le acercó por detrás apretando su cuerpo contra el de ella, sintiendo cómo sus tetas pesadas le rozaban los brazos mientras le susurraba al oído que quería probar ese culo que tanto le volvía loco. Zamira, que ya estaba más que mojada por los gemidos que le arrancaba con solo mirarla, no necesitó que se lo pidiera dos veces: se quitó las bragas de un tirón y se inclinó sobre la mesa de la cocina, empujando su trasero hacia atrás para que él viera bien cómo la rajita de su coño chorreaba de deseo. El flaquito no se hizo de rogar: se sacó la polla dura como un palo y sin preámbulos se la enterró hasta las pelotas en ese coño estrecho pero tan caliente que parecía hervir, haciendo que Zamira soltara un grito ahogado mientras sus uñas se clavaban en la madera de la mesa. Él no perdió el tiempo y empezó a embestirla con fuerza, cada golpe haciendo que sus tetas botaran como gelatina y sus carnes se sacudieran, el sonido de sus cuerpos chocando llenando la cocina junto a los gemidos desesperados de ella, que le suplicaba que no parara mientras él le agarraba las caderas con fuerza para no salirse. Zamira, con su barriga redonda y ese culazo que no dejaba indiferente a nadie, se corría una y otra vez, sintiendo cómo la verga gruesa del chico le llenaba el coño hasta el fondo y le hacía chorrear jugos por los muslos, mientras él no dejaba de moverse dentro de ella con una intensidad que la dejaba sin aliento. Cuando ya no pudo más, el flaquito la levantó en vilo y se la llevó al sofá, donde la tumbó boca arriba para empotrarla de frente, agarrándole las piernas y subiéndoselas hasta casi tocarle el pecho mientras se la clavaba sin piedad, haciendo que su barriga temblara con cada embestida y sus pezones duros le rozaran el pecho. Zamira no pudo aguantar más y, con un último gemido gutural, se corrió empapando la polla del chico, que en cuestión de segundos le disparó su leche caliente dentro, llenándole el coño de semen mientras los dos se dejaban caer exhaustos, sudorosos y con las respiraciones entrecortadas, sabiendo que esa follada iba a quedar grabada para siempre en sus memorias.