Sofía cumple su fantasía con polla enorme en madrid
Llevaba meses soñando con sentir esa verga gruesa reventándole la boca mientras el coche rodaba por la M-30, pero Sofía nunca se atrevió a decírselo a él... hasta hoy. El joven de pelo largo y cuerpo esbelto la miró con esos ojos verdes que la derretían y supo que no podía resistirse más, así que sin pensarlo dos veces se bajó los leggins negros hasta los tobillos y abrió las piernas sobre el asiento del copiloto, dejando su coño depilado y bien mojado al aire libre, listo para que la empalaran sin piedad. Él no se hizo de rogar: con un gruñido animal le agarró la melena suelta y le metió la polla hasta la garganta, ahogándola en su propio baboseo mientras ella gemía con la boca llena, los pezones duros como piedras y las caderas moviéndose solas buscando más. La verga, gruesa como un jamón ibérico y con las venas marcadas, se clavaba una y otra vez en lo más profundo de su garganta mientras sus jadeos se mezclaban con el sonido de los coches pasando a toda velocidad fuera del auto, el aire acondicionado encendido para que nadie notara el olor a sexo que empezaba a inundar el habitáculo. Ella, con las manos temblorosas, se quitó la camiseta ajustada y dejó que sus tetas pequeñas y firmes rebotaran libres cada vez que él la embestía desde atrás, agarrándola fuerte por las caderas para hundirle el capullo hasta el fondo mientras sus fluidos resbalaban por el cuero del asiento. Sofía no podía aguantar más: con un grito ahogado por la polla que casi la asfixiaba, se corrió en chorros gruesos sobre su propio regazo, empapando la tela del asiento mientras él, sin perder un segundo, sacó el miembro chorreante y se lo restregó por toda la cara antes de vaciarse en su boca entreabierta, llenándole las mejillas de leche espesa que ella tragó con avidez mientras las últimas gotas le caían sobre los labios pintados de rojo intenso. Cuando por fin se separaron, él le limpió el rastro de corrida que le quedaba en el mentón con el pulgar y le susurró al oído que era la mejor zorra que había conocido, mientras ella, exhausta pero satisfecha, se acomodaba el tanga roto entre los muslos y sonreía sabiendo que esa fantasía no sería la última.