Rebecca1 y su vecino follando en secreto con riesgo de ser pillados
El crujido de la madera del suelo bajo sus pies era lo único que rompía el silencio de la tarde, mientras Rebecca1 se mordía el labio para ahogar un gemido al sentir la polla de su vecino Element deslizándose entre sus nalgas. La tensión de que alguien pudiera entrar en cualquier momento —el marido de ella, los vecinos cotillas— solo los excitaba más, haciendo que cada roce fuera más urgente, más desesperado. Él le agarraba las caderas con fuerza, empujando su verga gruesa hasta que los muslos de ella temblaban, y Rebecca1 arqueaba la espalda para recibirlo más adentro, sus tetas grandes rebotando con cada embestida. El sonido de la carne chocando se mezclaba con los jadeos ahogados de ella, que no podía evitar gemir más fuerte cuando él le tiraba del pelo hacia atrás, mordiéndole el cuello mientras la empotraba contra la pared. El sudor les resbalaba por la piel, pegándolos más, y Rebecca1 sentía cómo el calor le subía por el cuerpo, sus jugos chorreando por los muslos mientras él la penetraba sin piedad. De pronto, un ruido en el pasillo los congeló: pasos acercándose. Element se detuvo, con la polla aún enterrada en su coño, y ambos contuvieron la respiración, escuchando. Pero los pasos se alejaron, y entonces él reanudó el ritmo, follándola con más fuerza, hasta que Rebecca1 no pudo más y se corrió con un grito ahogado, sus paredes vaginales apretando su verga como si no quisieran soltarlo. Él se dejó ir dentro de ella, llenándola hasta que los dos quedaron temblando, exhaustos. Afuera, la puerta del vecino de al lado se cerró de golpe, y Rebecca1 sonrió, sabiendo que casi los habían descubierto.