Mi madrastrada no pudo resistir mi verga enorme de joven
La habitación estaba medio oscura, con solo la luz tenue de la lámpara de noche que se filtraba por las cortinas. Mi madrastrada Susan, esa puta milf de tetonas, entró sigilosa como siempre, con sus tacones altos que apenas hacían ruido en la alfombra. Yo ya tenía la polla dura desde que la vi bajar las escaleras con ese corto camisón que apenas tapaba su culo redondo y su coño depilado. Me acerqué por detrás, le soplé en el cuello y la sentí estremecerse cuando mi mano se coló bajo el camisón para apretar sus nalgas. Sin decir ni una palabra, la empujé contra la pared y le arranqué el tanga con los dientes, sintiendo cómo su jugo caliente mojaba mis dedos. Mi verga entró de una estocada, hasta que sus gemidos se ahogaron en mi boca para que nadie la escuchara en la casa. Ella movía las caderas adelante y atrás, empalándose en mi polla como una perra en celo, mientras yo le mordía los pezones duros. Cada vez que alguien pasaba cerca de la puerta, nos quedábamos quietos, conteniendo la respiración, pero enseguida seguíamos follando como animales salvajes. Susan me apretaba las nalgas con sus uñas, pidiendo más fuerte, más rápido, hasta que le exploté el coño con una carga enorme, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío. Cuando salí, la leche blanca le chorreaba por los muslos, y en ese momento se escuchó la voz de mi padre preguntando desde abajo: ¿Estás bien, cariño? Mi madrastrada se limpió rápido, ajustó su camisón y salió de la habitación como si nada hubiera pasado.