Madrastra con tetas grandes le chupa la polla al hijastro
Desde que el joven se mudó a casa, no pudo evitar fijarse en cómo la ropa ajustada de su madrastra resaltaba aquellos pechos enormes que le hacían agua la boca cada vez que la veía pasar por el pasillo con esos lentes que le daban un aire de puta de oficina. Un día, mientras ella se inclinaba a recoger algo del suelo, su culo prieto se le marcó al límite del vestido, y él no pudo resistirse a acercarse por detrás, rozándole la entrepierna con la verga ya dura como una piedra. Ella soltó un gemido ahogado cuando sintió aquella polla gruesa apretándose contra su culo, pero en vez de apartarse, se dejó llevar por el instinto y se apoyó contra la pared, separando las piernas para dejarle espacio. El hijastro no perdió ni un segundo: le arrancó las bragas de un tirón y le metió los dedos en el coño empapado, notando cómo su madastra se retorcía de placer mientras él le lamía el cuello y le susurraba al oído que llevaba semanas soñando con ese momento. Ella, entre jadeos, le ordenó que se la follara duro, que le hiciera sentir lo que era ser una auténtica mujer, no solo una puta que finge ser una señora con esos lentes y ese vestido ajustado. Él no necesitó más incentivo: la agarró de las caderas y la empaló con un golpe seco, sintiendo cómo su coño estrecho se ceñía a su verga como un guante mientras ella gritaba de éxtasis y le clavaba las uñas en los brazos. La posición de perrito le permitió embestirla con fuerza, cada envestida haciendo que sus tetas grandes rebotaran al ritmo de los golpes, y ella no paraba de repetir que quería más, que no se corriera todavía porque quería sentirlo dentro hasta que le llenara el vientre. Pero el hijastro no aguantó más: después de un par de minutos de follada salvaje, sintió cómo su leche espesa le quemaba la polla mientras su madastra se corría gritando su nombre, con el coño chorreando por todas partes. Él se quedó quieto, jadeando, mientras ella se dejaba caer contra la pared, exhausta pero satisfecha, con los lentes torcidos y el vestido arrugado por la pasión desbordada. Lo peor fue cuando se miraron a los ojos y se dieron cuenta de que ahora ya no habría vuelta atrás: su relación de hijastro y madrastra acababa de convertirse en algo mucho más sucio y excitante.