La tranny rubia de Bailey Wilde grita mientras la empotran por atrás
La habitación olía a sudor y lujuria, con la luz tenue de las velas reflejándose en el sexo empapado de Bailey Wilde, que no dejaba de retorcerse sobre el colchón. Llevaba días torturándome a propósito, mandándome fotos de su culo apetitoso en tanga negro, rozándose contra mí en la cocina, susurrándome cosas sucias al oído... y hoy no aguanté más. Cuando por fin me vio entrar, ya estaba lista, con las piernas abiertas y el agujero temblando de deseos. No perdí tiempo, le arranqué el tanga de un tirón y hundí mi polla dura hasta que su culo se abrió como un melón maduro. Chisholm de Boston, que nos miraba desde el rincón, gruñó al ver cómo su tranny favorita se derretía entre gemidos, con mi verga gruesa abriéndola de par en par. Cada embestida era un castigo, cada movimiento de cadera un recordatorio de que esto no era un juego: yo mandaba y ella lo disfrutaba. Sus uñas se clavaron en las sábanas mientras suplicaba más, pero yo no tenía piedad, porque sabía que así la volvía loca. El sonido húmedo de su culo tragándose mi polla era música para mis oídos, y cuando al fin me corrí dentro, sus convulsiones me dijeron que no quería que me detuviera. Ahora, mientras me limpio el sudor, solo pienso en cuánto disfruté viendo cómo se rompía por mi culpa.