La puta infiel de Kisankanna se deja empotrar como una cerda
El dormitorio olía a sudor y lujuria, con las sábanas revueltas y la luz tenue de las cortinas entreabiertas filtrándose. Mi coño ardía de anticipación, húmedo y palpitante, mientras su polla enorme se me acercaba desde atrás. Sabía que esto estaba mal, que no debería estar aquí con otro hombre, pero el deseo me consumía. Mi marido confiaba en mí, pero ahora solo quería sentirme llena, embestida sin piedad hasta que los gemidos me ahogaran. Kisankanna me agarró de las caderas, clavando sus dedos en mi carne mientras me penetraba de una estocada, empujando hasta que su verga golpeó mi cuello uterino. Cada embestida me hacía temblar, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación. Gemí como una perra, suplicando más, sintiendo cómo su leche caliente me inundaba. En más de 13 minutos de escena, me hizo correrme tres veces, cada orgasmo más intenso que el anterior. Cuando terminó, su polla aún goteando, me quedé mirándolo, sabiendo que esto solo era el principio. Mi marido dormía en la otra habitación, ajeno a todo, pero en mi mente solo pensaba en repetirlo.