Hombre cachondo se masturba en cama de bronceado
El tipo llegó con esa mirada de pendejo satisfecho que pone cuando sabe que nadie lo va a joder, pero con esa polla dura que se le marcaba bajo el short ajustado. Se quitó la camiseta mostrando un torso marcado por el gimnasio y esa barba de tres días que le daba un aire de papi caliente. El sol artificial de la cama de bronceado le iluminaba cada músculo mientras se tumbaba con las piernas abiertas, dejando ver el vello oscuro que le bajaba desde el ombligo hasta la entrepierna. Se pasó la mano por el pecho, pellizcándose los pezones antes de bajar hasta su verga circuncidada, gruesa y venosa que ya goteaba líquido preseminal sin necesidad de tocarla. Con la otra mano se masajeó las bolas llenas mientras se lamía los labios, imaginando que eran los de alguna puta dispuesta a tragarse ese tronco de carne palpitante. Se frotó la cabeza rapada contra el acrílico tibio, gruñendo cuando la punta de su pene rozó el borde de la cama, sintiendo el cosquilleo eléctrico que le recorría la columna. Agarró su verga con fuerza, apretando el prepucio sobre la cabeza dilatada mientras se pellizcaba el glande con los dedos, imaginando que eran los labios apretados de una morra que lo estuviera mamando con desesperación. Los gemidos le salían entrecortados mientras se embadurnaba los muslos con el líquido que le resbalaba de la punta, sintiendo cómo se le endurecía aún más al pensar en que alguien pudiera estar espiándolo desde el otro lado del cristal. Se corrió con un chorro espeso y caliente que le manchó el vientre y el pecho, dejando rastros blancos sobre su piel bronceada mientras se agarraba la verga con las dos manos, exprimiendo hasta la última gota mientras su cuerpo temblaba de placer. La cama de bronceado quedó impregnada con el olor a sexo y sudor, y él se quedó ahí, jadeando, con la polla medio flácida pero aún intimidante, sabiendo que en otra vida se hubiera corrido dentro de algún coño apretado en vez de en un aparato de plástico.