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Exposición salvaje de una milf en parking público

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Estúdio Mentessucias

La madrugada en Madrid olía a asfalto caliente y a deseo prohibido cuando ella se bajó del coche con ese vestido ajustado que le marcaba el culo prieto cada vez que se movía. El parking vacío del polígono industrial era su lugar favorito para dejar que los morenos cachas de la ciudad le metieran la polla hasta el fondo sin preguntar, y hoy no iba a ser la excepción. El primer tipo que apareció, un chavalote con los brazos tatuados, se le acercó sin mediar palabra y le agarró el pelo para obligarla a abrir esa boca roja que tanto le gustaba chupar, mientras ella gemía con los labios alrededor de su tronco grueso que le llenaba la garganta hasta ahogarla. Pero no se conformó con uno solo: de la nada surgió otro más joven, con un rabo enorme que le colgaba pesado entre las piernas, y se puso a restregarle la punta por las tetas mientras el primero le empotraba el coño sin piedad, dejándole marcas rojas en los muslos de tanto frotarse contra el capó del coche. La milf, con las medias rotas y los zapatos tirados en el suelo, no paraba de gritar que le dieran más fuerte, que le reventaran el culo de una vez, mientras los dos se turnaban para llenarle la boca de semen espeso que le resbalaba por la barbilla y le caía en los pechos desnudos. El tercer tío, un moreno de piel aceitunada, llegó justo cuando ella ya estaba empapada, con el tanga hecho trizas y los pezones duros como piedras, y sin pensarlo dos veces se agachó para lamerle el coño mientras los otros dos le metían los dedos en la boca para que no dejara de tragar. Cuando por fin se corrió, el líquido caliente le brotó entre las piernas como un río, empapándole el vestido y dejando un charco brillante sobre el asiento del coche, mientras los tres se reían y le susurraban obscenidades al oído, diciéndole que era la puta más rica que habían probado en años y que volverían a buscarla cuando les apeteciera. El parking quedó marcado para siempre con el olor a sexo y sudor mezclado con el perfume barato que ella se había puesto antes de salir de casa, pero a nadie le importó: al día siguiente ya estaban ahí otra vez, esperando a que la morena milf volviera a cumplir sus fantasías más sucias sin importarle quién pudiera verla.

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