Entrenamiento de azotes y látigo hasta el orgasmo
Esa tarde en el sótano, el aire olía a cuero y sudor mientras ella esperaba de rodillas, las manos atadas a la espalda y los muslos temblorosos. Llevaban días mirándose con complicidad, intercambiando sonrisas cargadas de promesas, hasta que él decidió que era hora de romper la tensión. Con un látigo en la mano, le recorrió los muslos con la punta, haciendo que su piel se erizara antes de que el primer golpe cayera con un chasquido seco. Ella gimió, arqueando la espalda mientras las marcas rojas florecían en su culo, pero no se quejó, al contrario, su coño se mojó más con cada azote, cada latigazo que le quemaba la piel. Él no se detuvo, alternando entre el cinturón y su mano abierta, hasta que sus nalgas ardían y su respiración se volvía entrecortada. Cuando la tuvo al borde, la empujó contra la pared y le abrió las piernas, penetrándola de una estocada que la hizo gritar. La folló sin piedad, sintiendo cómo sus paredes internas lo apretaban, hasta que ella se corrió con un gemido ahogado, las piernas temblorosas y el cuerpo cubierto en sudor. Él no se detuvo, la levantó y la empotró contra la pared, follándola hasta que sus caderas chocaron con fuerza, hasta que ella no pudo más que suplicar. Cuando terminó, dejó claro que esto era solo el principio: la próxima vez, sería aún más intenso.