Enfermera japonesa se corre con polla dura en el hospital
La enfermera de turno en el pequeño hospital de Tokio no podía concentrarse ni un segundo más, el coño le ardía entre las piernas cada vez que veía pasar a ese médico extranjero por el pasillo. Cuando por fin cerró la puerta de la consulta, él no perdió ni un segundo en empujarla contra el escritorio, arrancándole el delantal blanco antes de hundir su lengua entre sus labios empapados. Ella gimió fuerte al sentir cómo le mordisqueaba el clítoris mientras sus dedos gruesos le abrían las piernas sin piedad, dejando al descubierto ese coño rosado y bien jugoso que llevaba horas pidiendo atención. La enfermera no pudo evitar agarrarle la polla por encima del pantalón, notando que ya estaba dura como una piedra y lista para reventar, pero él prefirió bajarle las bragas de un tirón y empezar a lamerle el coño desde la entrada hasta el culo, haciendo que sus caderas se sacudieran sin control. En menos de un minuto ya estaba empotrándola contra la pared, con las piernas enredadas en su cintura y esa polla monstruosa abriéndole el coño de par en par, mientras ella gritaba cada vez que le clavaba hasta lo más hondo. La posición de perrito no duró mucho, porque él la volteó sobre la camilla y se la folló como un animal, agarrándola de las caderas para clavársela hasta el fondo mientras le susurraba al oído lo puta que era y lo bien que le apretaba ese coño. Cuando por fin se corrió dentro de ella, la enfermera sintió cómo su leche caliente le llenaba el coño hasta rebosar, gimiendo como una loca mientras le pedía que no se detuviera, que le diera más aunque ya estuviera empapada y temblando de placer. Entre gemidos y resoplidos, él le lamió los pechos pequeños y duros antes de mojarle los dedos otra vez en su coño para llevárselos a la boca, probando su propio sabor mezclado con la leche que seguía goteando entre sus piernas. Al final, exhaustos y pegajosos, quedaron tirados en el suelo del consultorio, con las bragas hechas jirones y el olor a sexo inundando cada rincón, sin importarles un carajo si alguien los escuchaba o si la puerta no estaba bien cerrada.