Dos hombres árabes se empotran en un trío caliente
El egipcio de pelo negro se arrodilló frente al joven de piel clara y sin pensarlo dos veces le agarró la verga dura como un fierro que ya asomaba por el pantalón ajustado, chupando con ganas mientras sus gemidos ahogados llenaban el pequeño cuarto de hotel barato. El otro tipo, un moreno robusto con el culo prieto y marcado por años de gimnasio, se acercó por detrás y sin avisar le metió un dedo mojado en la boca al egipcio para que probara lo que le esperaba, sintiendo cómo se le ponía la piel de gallina al imaginarse esa verga gruesa rompiéndole el culo apretado. El más joven, un chavalito de sonrisa pícara y cuerpo esculpido, se dejó hacer, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos brillantes de lujuria mientras el árabe le mordisqueaba los cojones con los dientes, arrancándole un jadeo que hizo vibrar su polla contra la lengua del egipcio. Entre gemidos y resbalones de saliva, el robusto le levantó la camiseta sudada y le mordió los pezones duros como piedras, apretando las tetas firmes mientras el tercero le agarraba el pelo corto y le metía la polla hasta la garganta, ahogándolo un poco antes de sacársela y escupirle un hilo de babas sobre la verga palpitante. El egipcio, ya sudando como un pollo al horno y con el coño bien mojado por tanta mamada, se giró de espaldas y se agachó sobre la cama, levantando el culo redondo y bien formado para recibir lo que venía. El moreno no perdió tiempo, le escupió en el culo prieto y se clavó de una sola estocada, haciendo que el egipcio gritara como una puta en celo mientras el otro se masturbaba a dos manos, contoneando las caderas para que la verga le entrara hasta el fondo, sintiendo cómo las paredes internas le apretaban la polla como un guante mojado. El joven no pudo resistirse y se tiró encima del egipcio, empalándose en su verga sin piedad mientras le mordía el cuello sudado, los dos moviéndose al unísono en un vaivén frenético que hacía crujir la cama barata y dejar manchas de sudor en las sábanas arrugadas. Entre gemidos guturales y empellones brutales, el moreno agarró al egipcio de las caderas y lo empotró contra el colchón, metiéndole la polla hasta las pelotas mientras el joven le chupaba los huevos al oído, susurrándole guarradas que le ponían la piel de gallina. Los tres estaban tan calientes que no tardaron en correrse en oleadas, el primero en soltar su leche espesa dentro del egipcio, que a su vez se corrió en la boca del joven, dejando rastros blancos en su lengua antes de que el robusto, con un gruñido animal, se vaciara por completo en el culo prieto que ya no podía más de tanto placer descontrolado.