Doncella angelical recibe polla sin compasión
Ella llegó con su vestido blanco y las alas de ángel puestas como excusa para que él no sospechara nada, pero cuando Esteban la agarró del brazo y la llevó al reservado del bar, la inocencia se le fue por el culo en menos de dos minutos. La muy zorra se dejó caer sobre el sofá de cuero con las piernas abiertas y un gemido que le salió desde el fondo del coño, mientras su coño ya le chorreaba por las bragas de encaje al sentir cómo su polla dura le rozaba el clítoris. Él, que llevaba días imaginando ese momento, no perdió el tiempo y se la clavó de una sola estocada hasta que sus huevos golpearon contra su culo prieto, haciéndola gritar como una puta en celo. Esteban empezó a empalarla con embestidas brutales, cada vez más profundo, mientras ella se agarraba a los cojines con las uñas pintadas de rojo y le suplicaba que no se detuviera, que la llenara entera porque ya estaba más mojada que nunca. La presión en su vientre era insoportable, el calor de su polla quemaba sus paredes internas y cada envite le arrancaba un aullido que resonaba en las paredes del local, mezclado con los ruidos húmedos de sus cuerpos chocando sin piedad. Él le agarró la melena rubia y le tiró la cabeza hacia atrás, obligándola a arquear esa espalda de diosa mientras le mordisqueaba el cuello y le susurraba al oído que era su putita angelical, la más caliente que había probado en su vida. Ella no pudo aguantar más, el orgasmo le llegó como un trueno, apretando su coño alrededor de su verga con espasmos que casi lo hacen correrse antes de tiempo, pero Esteban aguantó como un animal y siguió embistiéndola sin piedad hasta que ella, exhausta y con el maquillaje corrido, solo podía gemir su nombre repetidamente mientras él le llenaba el coño de leche espesa, gruñendo como un cerdo en celo. Cuando por fin la soltó, ella quedó tirada sobre el sofá con las piernas temblorosas y el coño goteando, pero con una sonrisa pícara en los labios, porque sabía que esto solo era el principio de muchas más folladas sin perdón. Él se limpió la polla con sus bragas rasgadas y se las guardó en el bolsillo como trofeo, mientras ella se incorporaba lentamente, dejando caer una gota de semen por su muslo blanco, y le guiñaba un ojo antes de salir corriendo para no perder la oportunidad de repetirlo cuando él volviera a buscarla.