Colegiala caliente se chupa la polla en el patio del cole
La morrita del uniforme ajustado ya llevaba días con la entrepierna ardiendo cada vez que lo veía pasar por el pasillo con esa sonrisa pícara que le pone la piel de gallina. Hoy no aguantó más y lo arrastró hasta el patio trasero del colegio durante el recreo, donde las sombras de los árboles escondían mejor sus gemidos ahogados. Con las medias blancas enrolladas en los tobillos y el tanga negro empapado rozándole el coño, se arrodilló sobre el césped fresco mientras él le bajaba la cremallera del pantalón del uniforme con manos temblorosas de lujuria. Su polla gruesa saltó libre, palpitando con venas marcadas y el glande morado por la excitación, y ella no perdió ni un segundo: se la llevó a la boca con un gemido húmedo, chupando con ansias la punta mientras le agarraba el culo prieto con ambas manos, apretando los dedos contra esa carne firme que tanto le vuelve loca. Él no pudo evitar empotrarle la cabeza contra su entrepierna, sintiendo cómo la lengua juguetona le recorría el tronco de arriba abajo antes de ahogarse con los huevos pesados que le golpeaban la barbilla. La falda plisada del uniforme se le subió hasta la cintura al levantarse, dejando al aire ese culito redondo y prieto que él no pudo resistir: con un tirón brusco le bajó las bragas hasta los tobillos y la levantó en volandas, apoyándola contra la pared de ladrillo del aula vacía mientras le separaba las nalgas con los dedos para escupirse en la entrada del coño empapado. La primera embestida la hizo gritar con voz ronca, clavándole las uñas en los hombros mientras él la empotraba contra los ladrillos fríos, el sonido de los choques de carne resonando en el silencio del recinto escolar. Cada envite le llenaba el útero con fuerza, sacudiéndole las tetas pequeñas bajo la blusa del uniforme, que ya olía a sudor y a sexo caliente, y cuando él le agarró el pelo para controlar sus movimientos, ella no pudo más que gemirle en la oreja con voz entrecortada que le diera más fuerte, que la llenara toda porque se le estaba yendo la cabeza. El clímax llegó sin aviso: un torrente de leche espesa le recorrió las piernas hasta empapar completamente la falda del uniforme, que quedó pegada a su piel mojada mientras ella se corría con espasmos violentos, mordiéndole el hombro para no delatar su orgasmo a los pocos estudiantes que pasaban cerca del patio. Cuando por fin la dejó en el suelo, temblando y con las piernas convertidas en gelatina, él le limpió los restos de corrida de las piernas con el pañuelo antes de volver a abrocharse el pantalón, mientras ella se ajustaba el tanga roto y la falda manchada de leche, con la cara roja de vergüenza y placer mezclados, lista para entrar al salón como si nada hubiera pasado.