Casada chupando polla en la calle mientras su marido duerme
El desconocido tenía una verga gruesa y caliente, y yo no podía resistirme a metérmela en la boca justo ahí, en medio de la acera, con el riesgo de que alguien pasara y nos viera. Me arrodillé frente a él, sintiendo cómo mi coño se mojaba más con cada lamida, mientras miraba alrededor nerviosa, escuchando pasos lejanos que podían ser de un vecino curioso o incluso de mi marido, que siempre se despertaba temprano. La polla del tipo sabía a sal y sudor, y yo la chupaba con ganas, sintiendo cómo se endurecía más entre mis labios, mientras él me agarraba del pelo y me empujaba hacia abajo, metiéndomela hasta las pelotas. Gemí en silencio, mordiéndome el labio para no hacer ruido, pero no podía evitar que mis caderas se movieran solas, frotándome contra mi propia pierna mientras lo mamaba. Él me miraba con lujuria, como si fuera una puta de la calle, y eso me excitaba aún más, sabiendo que en cualquier momento alguien podía descubrirnos. De repente, escuché un ruido a lo lejos y me detuve, pero él me obligó a seguir, metiéndome la verga más adentro, hasta que casi me ahogaba. No podía respirar, pero me encantaba, sintiendo cómo su leche caliente me llenaba la boca mientras él se corría con un gemido ahogado. Me limpié los labios con el dorso de la mano, mirándolo con complicidad, sabiendo que esto solo era el principio y que la próxima vez iríamos más lejos, tal vez en un lugar aún más peligroso.