Abuelita cabalga verga del vecino bien duro
La abuelita llevaba meses espiando por la ventana mientras el vecino se duchaba cada mañana, con su culo grande y arrugado moviéndose al ritmo de sus gemidos ahogados en la toalla. Cuando por fin se le tiró encima en el sofá del salón, él no pudo creer que esa mujer madura y empalagosa le agarrara la polla con manos temblorosas pero firmes, metiéndosela hasta la garganta sin aviso. Ella le escupió en la verga antes de empalarse de una sola vez, gimiendo como puta vieja que no se conforma con menos que un buen polvo, mientras su coño peludo y bien usado se abría como una boca hambrienta alrededor de su tronco grueso. El vecino, más acostumbrado a follarse a jovencitas, se quedó sin aliento al sentir cómo la abuela le clavaba las uñas en las caderas mientras se la montaba a lo perrito, con su culo gordo rebotando contra sus muslos cada vez que la embestía por detrás. Los jugos le chorreaban por los muslos, empapando el sofá barato, y él no pudo resistirse a agarrarle el pelo canoso para darle tirones mientras le llenaba el coño de leche espesa en una corrida interminable que la dejó jadeando con la boca abierta y los ojos vidriosos. La vieja no se conformó con una sola vez: le exigió que le diera más, le chupó los huevos hasta dejarlos limpios y luego se dejó caer de rodillas en el suelo de la cocina para tragársela entera, con los labios resecos por el sudor y la saliva espesa colgando de su mentón mientras la polla le golpeaba la garganta una y otra vez. Cuando por fin se corrió en su boca, ella tragó sin perder ni una gota, lamiéndose los labios con una sonrisa de puta satisfecha mientras se limpiaba los restos de leche de las tetas caídas. No importaba que tuviera las piernas llenas de varices o las tetas como dos sacos flácidos: esa noche el vecino aprendió que una mujer madura sabe follar mejor que cualquier veinteañera con prisas.