Rubia motorista cachonda quiere que la embistan en su moto
Nada más abrir la puerta de su garage la rubia de tetas grandes y culito prieto se le tiró encima sin pensarlo dos veces, mordiéndole el labio mientras le susurraba al oído que llevaba horas imaginando cómo se la iba a tragar con su coño empapado de puro deseo. Él no necesitó más invitación que el olor a sexo que desprendía su tanguita ajustada mientras ella se le aferraba a la cintura con esas piernas de escándalo, frotándose contra su polla dura como una piedra bajo el pantalón de cuero. Sin perder ni un segundo más, la motorista lo empujó contra la pared del garage, le bajó la cremallera con un tirón brusco y sacó a relucir esa verga enorme que le hacía babear solo de mirarla, gruesa y palpitante con las venas marcadas. Ella se arrodilló en el suelo de cemento sin importarle el frío, abrió bien la boca y se tragó toda la cabeza mientras le agarraba los huevos con una mano y le masajeaba el perineo con la otra, escuchando cómo gemía cada vez que le clavaba las uñas en el culo. En menos de un minuto ya estaba empotrada contra la moto, con el culo en pompa sobre el asiento mientras él le metía los dedos por la raja empapada y le mordía el cuello como un animal en celo. La rubia no paraba de gritar que la llenara, que le diera toda esa leche caliente que le quemaba por dentro, y él no hizo esperar más: con un empujón bestial le metió hasta los huevos dentro de ese coño estrecho que chorreaba jugos por todas partes, embistiéndola con tanta fuerza que el espejo retrovisor de la moto se cayó al suelo hecho añicos. Cada embestida le sacaba un gemido ronco, mezclado con los golpes húmedos de carne contra carne mientras ella se retorcía de placer, agarrándose a los manillares como si la vida se le fuera en ello. Cuando notó que él se estaba corriendo, la motorista se dio la vuelta en un santiamén, se puso a cuatro patas sobre el asiento de la moto y le exigió que le reventara el culo con esa polla que ya le escupía los primeros chorros de semen espeso por la punta, pidiéndole que la marcara por dentro con cada gota hasta dejarla llena de leche hasta la garganta. El final fue épico: él le agarró el pelo con una mano y le empotró la verga hasta el fondo mientras le gritaba obscenidades, y ella se corrió al mismo tiempo que él le inundaba el coño con un torrente blanco que le resbalaba por las piernas hasta formar un charco en el suelo del garage. La rubia, aún jadeando, se limpió los restos de corrida de la boca con el dorso de la mano mientras le sonreía con esa mirada de puta satisfecha, dejando claro que esa motorista no era de las que se conforman con una sola vez.