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Rubia en lencería embiste al vecino borracha

15:32 720P 5 Rubias
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Estúdio Ralf Christian

Llevaba días viéndola pasear por el balcón con esa tanga de encaje rosa que le marcaba el culo prieto mientras se mordía el labio rojo, pero hoy la cosa se puso en serio cuando se plantó en la puerta de mi casa con la falda subida y los pechos rebotando bajo la blusa transparente. Sin mediar palabra me agarró de la corbata y me arrastró hacia el sofá, donde se quitó el sujetador con un solo tirón y me plantó los pezones duros en la boca mientras sus gemidos se me clavaban en los oídos como cuchillos. La muy zorra me chupó la polla hasta dejarla como un fierro, lamiendo las venas con la lengua caliente y gruñendo cuando le agarré el pelo para empotrarle la cara contra mis huevos, que ya le olían a coño mojado de tanto excitarse. Me tiró bocabajo en el sofá y se montó encima con esa rabia de puta caliente, clavándome las uñas en los hombros mientras me cabalgaba como una posesa, con el culo bailando al ritmo de sus jadeos y los jugos resbalando por mis muslos. La cabrona me dio la vuelta y se puso en cuatro, ofreciéndome ese culito redondo que no pude resistir, así que le agarré la cintura con ambas manos y le metí la polla hasta que gritó con la cara contra el cojín, ahogando los improperios que le salían cuando le embestí el fondo del coño con todas mis fuerzas. Cada empujón le sacudía los pechos, que rebotaban como pelotas de goma, y sus muslos temblaban cuando le metí dos dedos en el coño para frotarle el clítoris al ritmo de mis embestidas, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi verga hasta dejarme sin aliento. No aguanté más cuando me apretó con esa fuerza de loca y se corrió gritando mi nombre con la cara descompuesta en un orgasmo que le hizo temblar las piernas, pero yo seguía duro como una roca, así que la levanté de las caderas y la empalé contra la pared hasta que los dos terminamos bañados en sudor, semen y jugos mezclados, con su coño chorreando mi corrida mientras me mordía el hombro para no volver a gritar. La dejé caer sobre la alfombra, exhausta y con las piernas abiertas, mientras yo me limpiaba la polla con su ropa interior arrancada y ella se reía como una loba satisfecha, pidiéndome que la follara otra vez antes de que se le pasara el subidón. Todavía le hice caso y le metí dos dedos en el coño empapado, sacándolos llenos de leche mía mezclada con sus jugos, y se los unté en los labios para que probara su propio sabor mientras gemía como una perra en celo. Nadie diría que esa rubia de mirada inocente tiene un demonio entre las piernas, pero yo ya lo sabía desde que la vi por primera vez en el ascensor, mordiéndose el labio con esa maldita sonrisa pícara.

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