Pies atados y sumisa que suplica ser humillada por ti
—'Puedes hacer lo que quieras conmigo, amo...'— susurra Arachne mientras te inclinas para lamer sus dedos pintados de rojo, sintiendo cómo su piel se eriza bajo tu lengua. La tienes amarrada de pies y manos, los tobillos atados con cuerdas que marcan su piel suave, y cada vez que gime, aprietas más las ligaduras. Te encanta ver cómo se retuerce cuando le chupas los dedos, cómo su coño se moja sin que puedas tocarlo aún. Le ordenas que arquee los pies para que puedas lamerle las plantas, y ella obedece, temblando cuando tu lengua recorre cada grieta de sus suelas. Le susurras al oído que eres su dueño, que hoy no se correrá sin permiso, y ella asiente, mordiéndose el labio. Le metes los dedos en la boca para que los chupe, sintiendo cómo su saliva los empapa mientras te inclinas para morderle los pezones. Cada gemido suyo es música para tus oídos, y cuando por fin le permites rozarle el clítoris con los dedos, ella casi llora de alivio. Pero no te detienes ahí: le ordenas que se ponga de rodillas y te adore, y ella lo hace, lamiendo cada centímetro de tus pies como si fueran sagrados. Sientes su lengua caliente, su respiración entrecortada, y sabes que está al borde. Pero no la dejarás correrse hasta que tú lo decidas. En su mente, solo hay un pensamiento: que eres su dios, y hará lo que sea para complacerte.