Mitos falsos sobre el fetichismo de pañales adultos
La polla del chico ya estaba dura como una piedra cuando le soltó que todos los mitos que leía sobre el fetichismo de pañales eran pura mierda, pero ella sabía que solo quería que le demostrara lo mojada que se ponía su conejita al probarle que cada uno de esos rumores eran falsos. Él se la agarraba con fuerza mientras le susurraba al oído que era una puta mentirosa, pero sus gemidos agudos delataban que cada palabra que salía de su boca solo servía para excitarla más. Ella se quitó el pantalón de golpe, mostrando que no llevaba bragas y que su coño brillaba de lo empapado que estaba, listo para recibirlo sin piedad. Él la empujó contra la pared, le bajó los tirantes del vestido y le arrancó el pañal con los dientes, dejando al descubierto sus nalgas redondas y temblorosas. La primera embestida fue brutal, su polla gruesa se hundió en su estrecho agujero hasta que ella gritó como una posesa, con los muslos temblando de placer. Él no se detuvo, la agarró por la cintura y la empotró contra el suelo, follándola como un animal mientras le decía que era una zorra que necesitaba que le llenaran el culo de leche. Los sonidos húmedos de su coño llenaban la habitación, mezclados con los golpes de sus caderas chocando contra su trasero, que ya estaba rojo de tanto azote. Ella se corrió gritando su nombre, con las uñas clavadas en el suelo y el cuerpo convulsionando, pero él no cedió, siguió embistiéndola con más saña hasta que sintió cómo su polla se hinchaba dentro de ella, a punto de explotar. Cuando por fin se descargó, su corrida caliente le llenó el vientre mientras ella jadeaba, completamente rendida y con los muslos pegajosos por tanta leche derramada. Él se dejó caer a su lado, jadeando como perro, y le susurró al oído que todos aquellos mitos eran ciertos... pero que lo que acababa de pasar era solo el principio.