Mi ex me volvió a empotrar con ese culazo
La primera vez que la vi después de meses sin tocarse, la putita de caderas anchas ya estaba mojada solo de verme entrar por la puerta. No hizo falta ni un saludo, me agarró por la nuca y me clavó la lengua hasta ahogarme en su boca mientras sus tetas pesadas se apretaban contra mi pecho. Le arranqué el vestido de un tirón dejando al descubierto un coño bien abierto y chorreando, listo para recibir mi polla gorda que no tardó ni un segundo en enterrarse hasta el fondo. Con un gemido ronco me empujó contra la pared y me dio la espalda, ofreciendo ese culazo redondo y tierno que tanto me vuelve loco para que se lo folle sin piedad. Cada embestida le hacía botar las nalgas como gelatina, el sonido húmedo de sus jugos mezclándose con mis pelotas golpeándole el clítoris la ponía más cachonda si cabe. La agarré de las caderas y la empalé contra la mesa, donde sus tetas colgantes rebotaban al ritmo de mis embestidas profundas que le llegaban hasta el útero. No pasó ni media hora antes de que sus piernas empezaran a temblar y sus gemidos se volvieran gritos agudos, anunciando que el orgasmo la iba a partir en dos. Cuando por fin me corrí, le llené el coño de leche espesa que le resbaló por los muslos mientras ella se retorcía bajo mi peso, jadeando con la cara pegada a la madera del mueble. No contenta con una ronda, la muy zorra me arrastró hasta el sofá para repetirlo todo otra vez, esta vez montándome como una loca hasta que su coño se vio obligado a tragarse hasta la última gota de mi leche. Al final, los dos quedamos tirados en el suelo, sudorosos y satisfechos, pero con el cuerpo aún temblando de tanto placer.