Matrimonio roto por follada traicionera secreta
El tipo llegó a casa más tarde que de costumbre con un olor a perfume barato pegado al cuello y los nudillos blancos de tanto apretar el volante del coche. Ella, que siempre había sido la reina del hogar, lo recibió con esa sonrisa de esposa perfecta mientras le servía un trago de whisky con hielo, pero sus ojos brillaban con una rabia que hacía años no salía a flote. No pasó ni un minuto cuando él, borracho de alcohol y de pecado, le arrancó el vestido de un tirón dejando al descubierto esos pechos firmes que tanto lo excitaban, esos pezones duros que se le erizaron al sentir el aire frío de la sala. Ella no opuso resistencia, no gritó ni maldijo, solo dejó que sus dedos callosos le recorrieran el vientre hasta hundirse entre sus muslos, encontrando el coño empapado y listo para recibirlo como si llevara años esperándolo. Él la empujó contra la pared del pasillo, le levantó una pierna apoyándola en su cadera y, sin avisar, le metió la polla hasta el fondo haciéndola gemir con un sonido ahogado entre dientes apretados. Las embestidas eran brutales, el culo de ella chocando contra su pelvis con cada golpe seco mientras sus uñas se clavaban en los hombros de él como si quisiera arrancarle la piel. La sábana del sofá quedó hecha un trapo a sus pies, manchada de sudor y de los jugos que le resbalaban por los muslos, pero a ninguno le importó porque el placer era más fuerte que cualquier vergüenza. Él le ordenó callar con un gruñido mientras le agarraba el pelo y le metía la polla hasta la garganta, ahogándose con sus propios gemidos mientras ella le chupaba con una avidez que delataba lo mucho que había extrañado ese sabor. Cuando por fin se corrió dentro de ella, gruñendo como un animal, ambos quedaron jadeando y sudorosos, sabiendo que ese polvo sería el principio del fin de todo lo que habían construido juntos.