Masaje japonés intenso se convierte en diosa del sexo
Aquella tarde en el salón de masajes, Risa Mizuki me miró con esos ojos que prometían pecado. Sabía que no debía cruzar esa línea, pero su tacto experto en mi espalda ya me tenía duro como una roca. Cada caricia se volvió más atrevida, sus dedos resbalando hacia mi entrepierna mientras yo gemía sin poder evitarlo. 'Esto está mal', susurré, pero ella solo sonrió y se arrodilló frente a mi polla, chupando con una habilidad que me hizo olvidar todo. El masaje japonés intenso se convirtió en algo mucho más sucio cuando me desnudó por completo y montó mi verga con movimientos lentos y profundos. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y sus gemidos en japonés me volvían loco. La agarré del culo y la empotré contra el futón, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor de mi polla. 'Más fuerte', suplicó, y yo obedecí, clavándome en ella hasta que sus uñas se hundieron en mi espalda. El placer prohibido nos consumía, y cuando sentí que iba a correrme, la volqué de espaldas y le metí la polla hasta el fondo de su garganta, ahogando sus gritos con mi semen.