La vecina puta se deja empotrar fuerte en público
Todos en el pueblo saben que es una zorra, pero a nadie le importa cuando la ven con ese culito prieto y esa boca que no para de gemir cada vez que la tocan. Esa mañana la pillé en el parque, sentada en un banco con la falda tan corta que ni el aire se atrevía a taparle el coño bien mojado, que se le notaba hasta a través de la tela. Sin pensarlo dos veces, me acerqué y le metí dos dedos entre sus labios carnosos, sintiendo cómo el jugo le chorreaba por las piernas mientras soltaba un gritito agudo y me clavaba las uñas en el brazo. '¿Qué haces, cabrón?', jadeó, aunque sus ojos decían lo contrario, y en menos de un minuto ya estaba con la polla fuera, dura como un mástil, lista para reventarle esa conejita que no paraba de moverse de un lado a otro. La levanté como si no pesara nada y la empalé contra el árbol más cercano, agarrándole el culo redondo con ambas manos para clavársela hasta el fondo, escuchando cómo sus tetas planas saltaban con cada embestida mientras los gritos se le escapaban entre risas y maldiciones. '¡Dame más, putita, que esto es lo que te gusta!', le susurré al oído mientras le lamía el cuello sudado, y ella, en vez de responder, se agarraba a mi espalda y me empujaba contra su coño cada vez que yo me retiraba, como si quisiera tragármelo entero. El vestido le quedó hecho jirones, la ropa interior tirada en el suelo como prueba de que no era la primera vez que alguien la veía así, y cuando por fin me corrí dentro de ella, le llené la boca de leche caliente que se tragó sin dudar, con los ojos vidriosos y una sonrisa de satisfacción que me dejó claro que esa no sería la última vez. El sol seguía quemando, pero para ella ya no había vergüenza, solo el eco de los gemidos ahogados entre los árboles y el olor a sexo fresco que se le quedó pegado a la piel.