La argentina de culo gigante se lo come sin piedad
La morocha de curvas explosivas no resistió cuando él le agarró el culo bien prieto entre las manos y le escupió en el coño empapado. Ella gimió fuerte al sentir el primer embiste, con esa polla monstruosa abriéndole el agujero como si no hubiera mañana, mientras sus tetas rebotaban al ritmo de las embestidas brutales. Él la tenía agarrada de las caderas, clavándole los dedos en la carne mientras le gruñía al oído lo rica que la iba a dejar después de reventarle el culo a fondo. Ella respondía jadeando, con la espalda arqueada y los labios entreabiertos, pidiendo más aunque ya le doliera el coño de tanto follársela sin parar. El sonido de los cuerpos chocando resonaba en la habitación junto a los gemidos ahogados de ella, que cada vez que él se hundía hasta la base gritaba como una puta desesperada por más. Las nalgas le temblaban con cada empotrada, el sudor le resbalaba por la espalda y él no tenía piedad, metiéndosela hasta el fondo una y otra vez mientras le mordisqueaba el hombro para que no se le escapara ni un gemido. Cuando por fin ella se corrió, fue con un espasmo que le retorció el cuerpo entero, dejando el coño chorreando leche y el culo bien abierto para que él terminara de saciarse. Él no se corrió dentro, sino que le sacó la verga dura como una roca y se la restregó por toda la cara, obligándola a lamerle hasta el último resto de su corrida. La pobre no podía ni levantarse del colchón, con las piernas temblorosas y el coño más mojado que nunca, pero él solo le sonrió con esa sonrisa de cabrón que sabe que la volvió una puta más de su colección.