Hermanastra culona se deja abrir el culo de madrugada
La muy zorra de mi hermanastra llevaba semanas encerrada en su cuarto por orden de su madre, que no quería que viera a su novio ni en pintura. Pero esa noche, cuando el reloj marcó las tres, yo no pude resistirme más y entré sigilosamente en su habitación con la polla ya dura como un palo, imaginando cómo le iba a reventar ese culito prieto que tanto me ponía. Al principio se despertó sobresaltada, pero cuando me vio con la verga en la mano y los ojos llenos de lujuria, se mordió el labio inferior y me susurró al oído que no podía hacer ruido. Lo que no sabía era que su coño ya estaba empapado y que solo necesitaba una excusa para recibirme. Me lancé sobre ella sin piedad, le arranqué el panty de encaje que llevaba puesto y le metí dos dedos bien profundos en el coño mientras le chupaba los pezones duros como piedras. Ella gimió con la boca tapada, pero yo no podía parar de empotrarla contra el colchón, sintiendo cómo su cuerpo temblaba cada vez que embestía con fuerza y le rozaba el clítoris hinchado. Al cambiar de posición, la puse a cuatro patas y le abrí las nalgas con las dos manos para ver mejor ese agujerito rosado que tanto me volvía loco. Sin avisar, le escupí en el culo y le metí la cabeza de la polla, obligándola a aguantar el dolor inicial mientras se empapaba en mis jugos. Cuando por fin la penetré hasta el fondo, soltó un gritito ahogado y empezó a mover el culo hacia atrás como una perra en celo, pidiéndome más y más sin necesidad de palabras. Los sonidos de nuestros cuerpos chocando resonaban en la habitación, mezclados con los gemidos ahogados de ella y los gruñidos bestiales que salían de mi garganta mientras le azotaba las nalgas rojas y brillantes por el sudor. A los pocos minutos ya no pudo aguantar más y se corrió con espasmos violentos, empapando la sábana con su leche caliente, pero yo seguía sin bajarme de su cuerpo, decidido a llenarle las dos entradas antes de que amaneciera. Cuando por fin me vacié dentro de su culito apretado, sentí cómo cada gota de mi leche se perdía en su interior mientras ella caía rendida sobre la cama, con las piernas temblorosas y una sonrisa de satisfacción dibujada en la cara. No importaba que al día siguiente todo se fuera a la mierda con su madre, porque en ese momento solo existíamos ella y yo, jodiendo como animales hasta que el cuerpo nos dijo basta.