Entrenadora musculosa contrata entrenador en casa y acaban sudando
Llevaba meses mirándola por el ventanal mientras sudaba en su cinta de correr con esos leggings ajustados que le marcaban cada músculo y ese culo prieto que le temblaba al correr. No pude resistirme más y le mandé un mensaje diciéndole que necesitaba un entrenador personal en casa, que pagaba bien y que no me importaba si al final terminábamos sudando de otra manera. Cuando abrió la puerta con esa camiseta sin mangas que apenas le tapaba los pequeños pechos firmes y esos abdominales marcados que se le hundían al respirar, supe que no sería solo un entrenamiento. Lo primero que hizo fue ponerme las manos encima para corregir mi postura, pero en vez de tocarme el abdomen, sus dedos resbalaron hasta mi entrepierna donde noté que mi polla ya estaba dura como una piedra. Ella se rio con esa sonrisa pícara mientras se mordía el labio inferior y me susurró al oído que si quería que me enseñara bien, tendría que ser muy aplicado. Sin pensarlo dos veces le arranqué la camiseta de un tirón y le chupé los pezones duros como piedras mientras mis manos le apretaban ese culo redondo y prieto que se le movía al compás de mis empujones. La empujé contra la pared de la sala de entrenamiento y le bajé los leggings hasta los tobillos, dejando al descubierto su coño depilado y húmedo que ya goteaba de tanto deseo. Con un gemido gutural le metí la polla hasta el fondo mientras ella se agarraba a mis hombros y sus muslos apretaban mi cintura con fuerza, pidiéndome más y más embestidas profundas que le hicieran gritar de placer. El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en la habitación mientras su culo rebotaba contra mi pelvis con cada empotrada, salpicando sudor y fluidos por todas partes. Noté cómo su coño se contraía alrededor de mi verga al correrse con fuerza, apretándome hasta dejarme sin aire mientras un chorro caliente me inundaba por dentro, llenándola hasta el último centímetro. Cuando terminamos, jadeantes y pegajosos, ella se quedó mirando mi polla reluciente de sus jugos mientras se pasaba la lengua por los labios con esa mirada de puta satisfecha que solo las mujeres que acaban de gozar bien saben poner.