Empleada con shorts ajustados me volví loco de lujuria
Llevaba semanas fingiendo ignorarla cada vez que la veía doblarse para pasar la aspiradora, pero ese maldito short negro le marcaba el culo como un imán y no podía dejar de mirarle el coño empapado que se le escapaba entre los muslos. Al acercarme a buscar un trapo, el perfume a vainilla mezclado con su sudor me subió directo a la cabeza y se me secó la boca de solo pensar en empotrarle esa nalga redonda contra la mesa. Ella se dio cuenta de mi mirada clavada en su tanga mojado y se mordió el labio inferior, frotándose el clítoris por encima de la tela mientras me suspiraba al oído: '¿Vas a quedarte ahí parado como un idiota o me vas a follar de una vez?'. Sin pensarlo dos veces, la agarré por las caderas y le bajé el short de un tirón, dejando al descubierto un coño depilado que brillaba con sus jugos cayendo por los muslos. Me desabroché el pantalón de un empujón y saqué la polla dura que llevaba horas palpitando, gruesa y roja, lista para reventarle el coño virgen. Ella gimió fuerte cuando se la metí de golpe, sintiendo cómo su concha estrecha me abrazaba la verga como un puño caliente, mientras sus tetas rebotaban contra el mármol de la cocina con cada embestida brutal. '¡Más fuerte, cabrón!', gritó clavándome las uñas en los hombros, y yo le respondí con una palmada en su nalga que le dejó la marca roja de mis dedos. El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en toda la casa, mezclado con sus gemidos ahogados y el chapoteo de su coño chorreante cada vez que la penetraba hasta el fondo. Cuando le ordené que se agachara sobre la silla, ella se dejó caer de espaldas, levantando las piernas para que le entrara más hondo, y entonces vi cómo su cara se contraía en una mueca de placer doloroso mientras su clítoris hinchado rogaba por atención. Le agarré las piernas y se las levanté hasta casi doblarla por la mitad, embistiéndola como un animal en celo hasta que sentí que su coño se tensaba alrededor de mi verga, anunciando el primer orgasmo. '¡Me corro, me corro!', chilló con la voz quebrada mientras su cuerpo se sacudía en espasmos, y yo no pude aguantar más: le disparé una carga espesa y caliente que le llenó el útero hasta rebosar, sintiendo cómo su coño seguía ordeñándome la polla incluso cuando ya no quedaba semen. Quedamos los dos jadeando, ella con las piernas temblorosas y yo con la polla aún palpitante entre sus muslos pegajosos, mientras el short destrozado yacía en el suelo como prueba de nuestra locura.