Ella espera que su nueva jaula de polla le quede apretada
—A ver si esta vez aguantas lo que te voy a meter, guarra mía— le susurra él con voz áspera, deslizando los dedos por los barrotes de metal que ahora rodean su pene, encerrándolo justo como ella lo pidió. Llevaban días jugando con la tensión, miradas robadas, toques "accidentales" en el sofá que dejaban sus cuerpos ardiendo, hasta que al final ella no pudo más y se arrodilló frente a él, mordiéndose el labio mientras le explicaba exactamente lo que quería: su polla atrapada, su culo a merced de sus manos, cada gemido ahogado por el peso de la jaula. Ahora, con las muñecas atadas detrás de la espalda y la humedad empapando sus muslos, ella inclina la cabeza hacia atrás, sintiendo el frío del metal contra su piel mientras él se mueve con lentitud, rozando la punta hinchada contra sus labios sin permiso. Se oye un chasquido cuando el cierre se ajusta, apretando más de lo que ella imaginó, y un gemido escapa de su garganta al sentir cómo cada pulso de su sangre golpea contra las barras, convirtiendo cada roce en una agonía deliciosa. Él la obliga a abrir la boca, metiendo los dedos para que los chupe mientras le ordena mirar cómo su polla, ahora impasible, se alza entre sus piernas, lista para ser usada sin piedad. Ella arquea la espalda cuando él empieza a frotar las caderas contra su entrada, el roce seco de su piel contra los barrotes volviéndola loca, hasta que por fin él clava las uñas en sus nalgas y la empala de una sola estocada, haciendo que la jaula le queme contra el clítoris. La vibración del metal al chocar contra su coño mojado la hace gritar, pero él no se detiene, moviéndose más rápido, más duro, hasta que ella no puede soportarlo más y se corre con un grito ahogado, sintiendo cómo cada espasmo le arranca otro jadeo mientras él sigue follándola sin piedad. —¿Ahora sí ves cómo te queda, perra?— le susurra al oído, apretando el cierre hasta que ella solo puede gemir en respuesta, completamente a su merced.