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Abuelito peludo se corre en su mano con la verga dura

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El viejo verde llevaba meses restregándose contra el respaldo del sillón cada vez que veía a la vecina pasar con ese culo prieto y esos pechos que le asomaban por la blusa ajustada. Esa tarde de septiembre, mientras se masturbaba con la polla bien dura y la cabeza llena de fantasías sucias, no pudo resistirse a agarrarse el miembro con fuerza, moviendo la piel del prepucio hacia arriba y abajo hasta dejar al descubierto la cabeza morada y brillante. Cada jalón le hacía gemir como un cerdo en celo, con la boca entreabierta y la baba colgando del labio inferior mientras se imaginaba a la morena de la tienda de la esquina arrodillada frente a él, chupando esa verga gruesa con sus labios carnosos. Los huevos peludos le dolían de lo llenos que estaban, a punto de reventar con cada embestida imaginaria que le hacía arquear la espalda y soltar gruñidos guturales. La gota de líquido preseminal brillaba en la punta como un caramelo derretido, y él no podía evitar frotarla con el pulgar antes de seguir dándole al tronco palpitante, que ya le llegaba hasta el ombligo. Los jadeos se le escapaban entrecortados mientras el prepucio se le enredaba en los nudillos, y en un momento de locura, se agarró los huevos con la otra mano, apretándolos como si fueran dos pelotas de tenis listas para explotar. La corrida le subió por la espalda como un relámpago, y antes de que pudiera contenerse, el primer chorro de leche espesa salió disparado golpeando el plato de la mesa con un sonido húmedo y pegajoso. Los siguientes disparos le salieron a borbotones, manchándole los dedos, el antebrazo y hasta parte del pecho, mientras se le escapaba un suspiro largo y satisfecho que le hizo cerrar los ojos con fuerza. El viejo quedó ahí, con la verga aún temblorosa y la respiración entrecortada, mientras se limpiaba los restos de semen con los dedos y se los llevaba a la boca para saborear su propia salinidad, como si no pudiera saciarse de su propio sabor. Al final, se quedó mirando su reflejo en el espejo del baño, con una sonrisa pícara y la polla flácida pero aún reluciente, como si supiera que en menos de una hora volvería a buscar otra sesión de placer solitario, esta vez pensando en la vecina de los pechos grandes que seguro lo estaba espiando desde su ventana.

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